La Biblia nos enseña que Dios es un Dios sanador. En toda la Escritura, vemos ejemplos de cómo Dios, en su compasión y poder, trae sanidad a su pueblo. En Éxodo 15:26, Dios promete a los israelitas ser su sanador si escuchan sus mandamientos. Jesús, en su ministerio terrenal, sanó a muchos como una señal de su reino venidero y su amor por nosotros (Mateo 14:14).
Es importante recordar que, aunque Dios tiene el poder de sanar, lo hace según su voluntad y para su gloria. A veces, Dios elige sanarnos físicamente en esta vida, y otras veces permite que pasemos por el sufrimiento, usándolo para acercarnos a Él y fortalecer nuestra fe. Romanos 5:3-4 nos recuerda que las tribulaciones producen paciencia, y la paciencia prueba, y la prueba esperanza.
No obstante, la mayor promesa de sanidad es la espiritual. Jesús vino para sanar nuestros corazones del pecado. Isaías 53:5 habla proféticamente de Jesús, diciendo que por sus "llagas fuimos nosotros curados". Esta sanidad es la reconciliación con Dios, un don que recibimos a través de la fe en Cristo. Al seguir a Jesús, confiamos en que, finalmente, habrá una restauración completa en la vida eterna con Él, donde "enjugará toda lágrima de los ojos de ellos" (Apocalipsis 21:4). Confía en su amor y su poder, y busca la paz en su presencia.